Un susurro
Una voz
Un futuro
Un beso feroz
Una elección
Una omisión
Un secreto
Un amor que es nuestro
Capítulo 16
Secretos en el hielo
En la radio que había en la cocina daban las noticias, el tipo que se encargaba de dar el pronóstico del clima dijo que habría una temperatura mínima de -7 C°, era un frio infernal. No obstante, tendría que soportar todo ese frio y el que surgiera pues a mi hermana se le había ocurrido que quería patinar, cómo nuestra prima Natalie tenía un viaje a Hamburgo Holy le había pedido que nos llevara a los dos y a Andreas, consiguió los permisos y me obligó a ir. Esa niña conseguía siempre lo que quería o por lo menos la mayoría de las veces.
Me vestí con pantalones lo suficientemente anchos para llevar un pans debajo, llevaba dos playeras grandes de manga corta y otra con mangas pero sin cuello de tortuga, eso me hacía sentir ahogado. Antes de salir de mi habitación me puse una gorra nueva, era de un azul un poco grisáceo. Las rastas tienen una gran cualidad que me sirve mucho en invierno, mantienen caliente mi cabeza y mis orejas, aunque desde que había comenzado a usarlas recogidas no abrigaban tanto a mis orejas.
En la cocina Natalie se estaba tomando un café mientras escuchaba la radio, en cuanto me vio se levantó para saludarme. Ella era mayor que yo por varios años pero era como la hermana mayor que mi hermanita y yo no teníamos, era una chica guapa y con una cálida sonrisa. Ese día llevaba el cabello suelto que caía sobre su bufanda rosa, ella se mostró encantada de verme otra vez y me di cuenta que miraba mucho mi piercing, aún no se acostumbraba.
—¿De verdad no te dolió?—me preguntó señalando mi piercing.
—¡Claro que me dolió! No volvería a hacérmelo jamás—ella rió ante mi reacción.
—Yo ni siquiera podría imaginarme que te harías uno—comentó antes de dar un sorbo a su café—, luego te recogiste las rastas y usas gorra. Antes de estas vacaciones no me lo habría imaginado.
Comprendía a la perfección sus palabras, llevaba varios años con el mismo estilo y de pronto un día me recogí las rastas, me puse una gorra y me hice una perforación, eran cambios rápidos pero me gustaban.
—Tienes un look de chico malo—sonrió y yo la imité—, pero me centro en tu cara y eres un niño hermoso—eso no me agradó tanto, me extrañó mucho que ella dijera eso. Natalie puso la taza sobre la mesa y limpió sus labios con una servilleta—. Lo siento, pero así eres Tom. Tienes una cara muy linda, pero no te preocupes que se pierde entre tanta ropa.
—¿Me debo de alegrar o de enfadar?
—¡Ay Tom!—exclamó mi prima con cierto toque de reproche.
Reimos un poco, luego comenzó a contarme de sus proyectos. Primero quería poner un salón de belleza en Loitsche, la miré raro pues que yo recordara había ya un par de estéticas, pero ella me contó que aspiraba a más pues las estéticas se limitaban a hacer cortes de cabello y arreglar uñas, ella quería hacer algo más grande y abarcar más terreno.
—Recuerda que ellas ni siquiera te pudieron hacer las rastas—me dijo.
Era cierto, había ido a las dos estéticas y en ninguna me pudieron hacer las rastas, tan sólo me dieron largas y excusas tontas. Entonces, Natalie se había ofrecido a hacerlo, había estado tomando clases en un instituto de belleza y era muy buena. El resultado: tenía unas rastas hermosas.
—Pero necesito dinero, así que tengo que buscar trabajos de medio tiempo o de tiempo completo por un tiempo—me explicó.
Holy todavía no bajaba, lo más probable era que estuviera colgada al teléfono.
—Puedes pedir un préstamo ¿no?
—Sí, ya lo había pensado.
—O puedes trabajar de sirvienta por un año…
—Eso no me parece gracioso Tom.
— ¡Hola Nata!—entró mi hermana y se echó sobre nuestra prima, quien se había parado al verla en la entrada de la cocina.
Mi hermana menor solía llamar a nuestra prima Nata, yo le decía que nata es lo que queda arriba de la leche cuando la pones a hervir y luego se seca, pero a Holy le importaba poco que pudiera significar. No perdimos tiempo y subimos al automóvil de Natalie, no era un auto del año pero ella había podido mantenerlo en buen estado desde que lo había adquirido, luego fuimos por Andreas y por fin salimos rumbo a Hamburgo.
En el camino, quienes habían mantenido la conversación habían sido tanto Holy, Andreas y Natalie, yo no era tan bueno para charlar además mi celular no tenía crédito y no podía mandar mensajes para distraerme y dejar de estar ansioso. Tenía casi dos días sin saber de Bill, me mordí el labio al recordarlo, me sentía mal al no saber de él. Estiré mi mano y comencé a dibujar sobre el cristal del auto, por una fracción de segundo sentí como si sus dedos tocaran las yemas de los míos, me reconfortó un poco y cerré los ojos.
***
En la pista de hielo había muchas personas vestidas con grandes abrigos rellenos de plumas de ganso u otros materiales que proporcionaran calor, gorros, guates, bufandas, todo lo que se necesitara para sobrellevar el frio que ya era algo a lo que nos habíamos acostumbrado pero aún así no dejaba de sentirse. Alcé la vista y vi a una chica con orejeras enormes cubiertas de peluche rosado, en seguida pensé en Emily.
Andreas estaba a mi lado derecho cuando entramos en la pista, Natalie había ido a cumplir los mandados que tenía y nos había dejado, miré a mi amigo de reojo, yo no podía tener un mejor amigo que él.
Luego de un rato Andreas había desaparecido, seguramente había ido a los sanitarios, entonces mi hermana me giro para quedar enfrente de ella y me aventó. Sentí mi espalda golpear contra algo o alguien y luego el frio subiendo desde mi torso y mi trasero a todo lo demás. Algo, o más bien dicho alguien había amortiguado mi caída, mis piernas estaban sobre esa persona, se sentía cálido. En cuanto estuve consciente de lo que pasaba me puse de pie y mientras lo hacía observé a la persona que yacía tirada sobre el suelo: cabello negro, piel algo blanca, sonrisa con dientes ligeramente torcidos, facciones perfectas. Bill.
En mi garganta se ahogó un grito al mismo tiempo en que sentía como si un puño naciera desde el interior de mi pecho y apresara entre sus dedos mi corazón, una sonrisa afloró en mi rostro y las personas que habían dejado de patinar y nos miraban no importaban. Bill se inconrporó mientras cerraba su ojos y se sobaba la espalda y los glúteos, se había pegado fuerte; lo mire de pies a cabeza, desde los tenis blanco con negro impecables, el pantalón ligeramente ajustado, el cinturón con una calavera, los guantes negros, la chamarra roja con blanco, su rostro siempre hermoso y ssu cabellos completamente parados gracias a la laca. Él me miro a mi y la gente comenzó a ispersarse, ya no eramos el centro de atención.
—¡Bill!—dije emocionado.
—Tom—dijo él mientras yo me quedaba clavado al suelo, su voz era visiblemente emocionada pero tranquila.