martes, 4 de diciembre de 2012

el futuro y esas cosas

Estoy en un punto de mi vida en dond el futuro está muy cerca y es un futuro que no quiero, pero parezco negarme a cambiar el rumbo.

Por qué las personas descalifican los sueños como si se tratara de algo que puede juzgarse?!

lunes, 5 de noviembre de 2012

Ni una lágrima más


—No se merece tus lágrimas—repetía a su reflejo.

El llanto dotaba la pequeña habitación de vida, de las paredes emergían los brazos húmedos de la agonía y del espejo la viva imagen de la derrota. Se sentía frustrada, enojada, perdida. Los gritos que morían en su garganta y las lágrimas silenciosas que buscaban una expresión más viva, un reconocimiento de los motivos que las llevaban a convivir con el ambiente abrumador que se erigía a su alrededor. Y su puños apretados, que tan sólo eran una cadena más a su expresión, porque tenía prohibido hacerlo; su garganta impulsando los sollozos de vuelta al corazón; y sus ojos sepultado las lágrimas en el valle del silencio donde descansaban los vestigios de su alma; todo era un eslabón más de la cadena opresora.

—No vas a llorar—susurraba el orgullo a su oído como si se tratara de la caricia a un amante.
Y así lo era.

Cuando todo había sido oscuro, cuando el abismo se postraba frente a sus pies, era entonces que aparecía como el fiel caballero que jamás conseguiría ser. Luego las palabras de aliento, el enajenamiento que la haría levantarse y que serían la antesala de un próximo desplome.

Su alma se quebraba, en su interior no era más que una frágil muñeca del más fino cristal que había perdido su centro de gravedad y había terminado hecho añicos en el suelo y cada pedazo resquebrajándose dolía, era una agonía que no estaba dispuesta a soportar. Pero lo hacía, había vivido ya demasiado tiempo así.
Su orgullo había caminado a su lado, había abrazado su cuerpo  y la orden de silencio había salido de sus labios. Las lágrimas eran limpiadas de esos ojos oscuros y muertos, y en su rostro había aparecido la máscara de la sonrisa.

—Sonríe.—Había sido la orden—No tienen derecho a pisotearte, no deben saber que te lastiman.

Y el ciclo había comenzado una vez, porque quizás ella no lo sabía pero no era la última vez que su reflejo le obligaría a deglutir el dolor de una sola vez.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Nueva etapa

Hoy hablaba con una amiga por inbox en facebook cuando recordé este blog, hace bastante tiempo que no me pasaba por acá, inclusive creo que esto se ha llenado de polvo y telarañas. Pues bien, el tiempo no pasa en balde, hoy día estoy en la Universidad cursando la Licenciatura en Químico Farmacoiólogo, mentiría si digo que es fácil, es mucho más pesado que la preparatoria y yo no le hecho nada de ganas, mis calificaciones han bajado y aún no termino de adaptarme.

A veces creo que esta cerrera no es para mí, pero ya no puedo echarme pa' trás...no voy a  hacerlo. Hay aspectos que me gustan de esta vida nueva, inclusive me gusta un chico con el que comparto dos clases y tengo varios amigos, es sólo que no dejo de pensar en que esta vida no es lo que yo quiero, pero creo que el tiempo lo dirá. Por lo pronto, hoy vine a darle una desempolvada a esta otra casa mía, porque sí...este blog es mucho de mí...

sábado, 12 de mayo de 2012

Mi hogar


Recuerdo cuando años atrás deseaba vivir en otro lugar, algo más bello y con más cosas a mi disposición, pero las cosas cambian y mi apreciación de las cosas también. Hay muchos lugares bellos en el mundo, pero ahora nada se iguala a este pueblo incrustado en medio de una meseta a más de dos mil metros sobre el nivel del mar; con esas lluvias, antes extrensas y ahora apenas destellantes, que mojan la tierra y hacen que el frío nazca desde el cielo; con sus grandes extenciones de pasto adornados con árboles, que en épocas frías se viste de blanco por las heladas anunciadas en el atardecer anterior, ese que pinta de rojo las nubes y que hace soñar con tan hermosa gama de rojos; y ni hablar de esa época del año cuando todo se ve amarillo, rosa y verde por las bellas flores que revisten cualquier lugar a donde se mira. Pero siempre amaré, más que lo anterior, la quietud que antes tanto criticaba.


martes, 27 de marzo de 2012

Ensayo de ecología


Sin cultura, sin planeta
A un paso de la destrucción de nuestro hogar

Actualmente, vivimos en un planeta venido a menos, cuyo deterioro ambiental recae en el ser humano y por el que al parecer no hacemos nada. Un ejemplo simple, a la mayoría de nosotros jamás nos cruzó por la cabeza cuando éramos niños que el agua se terminaría o que en lugares donde llovía tanto dejaría de hacerlo; ahora es toda una realidad. Es por eso que a lo largo de este ensayo me gustaría hablar acerca de cómo se ve el ser humano respecto a la naturaleza; la cultura ecológica que es mínima o que más bien no existe.
El hombre ha tomado a la naturaleza como un suministro de recursos, aislándose de ella y sin darle una verdadera importancia; tomamos los recursos, los utilizamos y no nos preocupamos por devolverlos aunque sea en menor medida, gracias a esto estamos terminando con la vida de nuestro planeta. Un claro ejemplo de esto es la disminución de los bosques en el planeta, que según la Organización Mundial para la Agricultura y la Alimentación (FAO, por sus siglas en inglés) a nivel mundial, se han convertido a otros usos o se han perdido 13 millones de hectáreas de bosques anuales entre 2000 y 2010, además la FAO considera que en ésta década –actual- habrá un incremento de cobertura forestal porque se tiene en cuenta las plantaciones. Durante 2005-2010, la superficie de bosques plantados aumentó en aproximadamente 5 millones de hectáreas por año. Sin embargo, los bosques secundarios y las plantaciones que sustituyen a la cubierta original son muy diferentes a los bosques primarios: una plantación no es un bosque. La deforestación que hemos causado, ya sea para extraer recursos o para crear espacios para la agricultura y la ganadería, ha alentado la acumulación de gases de efecto invernadero, pues como recordamos las plantas fotosintéticas transforman el bióxido de carbono en oxígeno durante la fotosíntesis, pero al disminuir la cantidad de bosques también se ve mermado este proceso biológico.
Pero no solamente se trata de la disminución de bosques o de la acumulación de gases de efecto invernadero en la atmosfera, que provocan los cambios climáticos y las alteraciones en las estaciones, sino también de otros aspectos de vital importancia como lo son el agotamiento del agua que se puede potabilizar o consumir y de los combustibles fósiles, así como la gran variedad de especies que hemos orillado al abismo de la extinción. Todos los problemas antes mencionados radican fundamentalmente en un problema que el ser humano prefiere ignorar: nos creemos dueños del mundo. Desde mi punto de vista no somos más que otra especie que habita este planeta, si bien tenemos la capacidad de razonar y crear herramientas que facilitan nuestra vida, no somos dueños y señores del planeta Tierra. Pero el problema es que la mayoría de nosotros vemos al planeta como aquel que “debe” darnos lo que necesitamos, sin darnos cuenta que con nuestras acciones lo dañamos y al hacerlo no estamos más que lastimando nuestro propio hogar, ¿es tan difícil comprender que debemos cuidar el medio ambiente? Al parecer sí.
Tiramos la basura en la calle; lavamos nuestro automóvil con la manguera; no cerramos la llave del agua cuando nos estamos enjabonando durante la ducha; utilizamos el automóvil para ir a la tienda de la esquina y evitamos caminar; no reciclamos; no hacemos nada por nuestro ambiente. Claro que deben encontrarse formas para solucionar lo que ya tenemos, pero no debemos olvidar que nuestro descuido ha llevado a este punto a nuestra civilización. Desde mi punto de vista lo que necesitamos es realmente formarnos una cultura ecológica, misma que sólo se obtendrá mediante el ejemplo y la crianza que se llevará desde pequeños, y en notros los jóvenes y adultos se tendrá que hacer un cambio de consciencia, debemos razonar sobre los problemas que afrontamos y poner nuestro granito de arena, pues aunque parezca poco logramos mucho con acciones simples como no tirar basura en calles y carreteras, separar la basura y reciclar, utilizar menos agua en nuestras actividades y no comprar carne o piel de animales exóticos. ¿Qué necesitas para tomar conciencia?

sábado, 18 de febrero de 2012

Lazos rojos—Capítulo 14

Ha llegado el momento del final. De decir adiós y dejar atrás una historia que se me hizo entrañable; quizás no les guste, tal ves el final ni siquiera es bueno, pero es lo que hay y es lo que nació. Muchas gracias por leer Lazos rojos.

Aquí el capitulo 14, la tercera parte del final.

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Mira los rojos rojos cambios en el cielo

Mire la separación en la frontera
Pero no mires todo aquí dentro 
Y ten miedo, miedo de hablar con tu mente
Le tomó un momento antes me perdí aquí

¿Me tomó un momento y yo no lo pude encontrar?
Una y otra vez y otra vez que veo su cara en todo
¿Tomé un momento en que no lo pude encontrar?
Echelon // 30 Seconds to Mars


Capítulo 14
Esbozos de un Réquiem

No era buena idea, de eso estaba completamente segura. Charlie se oponía firmemente a que Markus y Skandar emprendieran un viaje tan pronto, es decir, Skandar ni siquiera había encontrado su sangre ideal y Markus no estaba bien por más lo dijera ¡Por Dios! ¡Ser amable no era ser Markus! Definitivamente el rubio estaba deprimido y quizás los deseos suicidas no desaparecían, ¿cómo podría entonces dejarlos ir? De ninguna manera, Charlotte jamás permitiría que se fueran.
 
—No te estoy pidiendo permiso—dijo Markus jalando a Skandar de la mano.

—De aquí no pasas—espetó la mujer.

—Charlie tiene razón, no sean insensatos—apoyó Carol.

—¡Y una mierda lo que digan!—gritó el vampiro— He dicho que me largo y me llevo a Skandar, así que se van mucho a la mierda y me dejan de tocar los huevos. Me largo—dijo remarcando la última palabra.

—¿Y a dónde piensas ir?—cuestionó Carol.

—A donde me de mi puta gana—contestó el rubio.

—Vamos con Penélope—dijo Skandar, quien sostenía las cenizas de Bernard y Jared.

Markus rodó los ojos, de verdad que odiaba la sinceridad con la que se venía mostrando Skandar. Maldito mocoso idiota.

—Así que si disculpan, quítense del camino—gruñó el rubio.

No hubo más intercambio de palabras, las gemelas se hicieron al lado y Markus salió de la casa con Skandar a cuestas. El cielo se miraba encantador con apenas unas cuantas estrellas adornando el manto oscuro de la noche, el vampiro rubio apenas lo observó, en cambio, Skandar parecía sumergido en ese mar turbio y hermoso plagado de gemas.

—Debes correr detrás de mí lo más rápido que puedas—dijo el rubio cuando ambos vampiros habían dejado atrás la casa de las vampiresas.

***

Caminaban a paso muy lento para ser vampiros, cada uno llevaba una maleta en la mano derecha y el más alto llevaba otra más pequeña en la mano izquierda. Para esa hora ya hacía demasiado frío, tanto que ellos siendo vampiros lo sentían, había luna nueva y gracias a eso las estrellas lograban verse en completa forma. El panorama era hermoso. A lo lejos, el menor de los dos vampiros logró distinguir una gran casa de campo que parecía tener una habitación iluminada por una luz tenue, seguramente proveniente de una vela.

Los dos vampiros caminaron un poco más, moviéndose con lentitud a medida que avanzaban, sintiendo como la brisa de aquella noche acariciaba su silueta hasta hacerlos tiritar momentáneamente. Y finalmente llegaron a la casa. Entonces, Skandar separó un poco su mano izquierda de su cuerpo para deja a la vista la pequeña urna que cargaba. Sin siquiera tocar Penélope les abrió la puerta.

—Me temo que me debes muchas explicaciones Markus—sentenció la chica con su tono melodioso de siempre.

—Creo que no hace falta decir que Skandar es un vampiro ¿cierto?—preguntó el rubio con algo de ironía en sus palabras, pero se mantenía nervioso en su fuero interno.

—Cierto.

—Señorita, yo maté a su hermano—dijo el castaño sin que Markus lo previera—. No puedo recordar mi pasado, pero sé que amaba a Jared y me disculpo por…

—No te preocupes pequeño—dijo la mujer con dulzura.

—Skandar, tú no tuviste la culpa de eso ¿recuerdas?—susurró Markus mientras lo acercaba un poco a él, en seguida le dio un pequeño coscorrón.

—Pasen, hablaremos adentro con más calma—dijo la chica antes de abrirles paso a los dos vampiros.

Markus contó la historia sin muchos detalles, sobre la muerte de Bernard apenas y pronunció unas cuantas palabras, “le dieron con una bala hechizada, no pudimos contrarrestarlo y murió”. A juicio de Penélope aquella historia parecía más un relato escrito por el mismísimo destino empeñado en demostrar que ellos no eran más que títeres en una obra donde él era el director.

—Skandar ¿por qué no subes a descansar?—dijo la chica cuando el relato estuvo terminado.

—Anda—insistió Markus.

—De acuerdo—musitó el chico antes de incorporarse para abandonar la sala.

—Todo esto es muy difícil de asimilar—dijo la muchacha—. Skandar debe encontrar sumamente confundido y tú, ¿cómo te encuentras Markus?

—Penélope déjalo ¿sí?—musitó el chico con lo ultimo sonando a súplica.

—De acuerdo.

—¿No te duele?—preguntó el rubio— Es decir, murió tu hermano.

—Ciertamente me parece algo extraña la forma en que mi hermano murió, pero también es cierto que ni él ni yo manteníamos unos lazos fuertes. No me malentiendas—dijo cuando vio la expresión de Markus—, adoraba a Jared, pero no me duele tanto como debería. Ni Jared ni yo logramos recuperar nuestros sentimientos por completo, aunque cuando mi hermano conoció a Skandar creo que se los regresó.

—Supongo que está bien que no los tengas—susurró el chico—, así es más fácil.

—Ve a descansar—dijo la chica al notar como la tristeza comenzaba a llenar al rubio.

Markus se alejó sin despedirse de Penélope, siempre con la vista dirigida al suelo y luchando contra sus propias conspiraciones mentales. Vaya que su mente lo odiaba. Mientras tanto, la vampiresa tenía clara una cosa entre toda la maraña que se formaba en sus pensamientos, Markus jamás hubiera mostrado de esa forma sus sentimientos. Jamás. Quizás la muerte de Bernard había sido demasiado para el vampiro, quizás sus barreras emocionales se habían derrumbado y se le complicaba mucho levantarlas. Con respecto a Skandar, sabía que el chico sufría y entendía que lo único que tenía era Markus.

—¿Estás dormido?—preguntó Markus cuando había entrado a la habitación.

—Los vampiros no duermen—contestó el castaño incorporándose un poco.

—Siempre olvido que ahora eres uno—dijo con una sonrisa de lado.

—¿Penélope está bien?

—¿Por qué no lo estaría?

—Maté a su hermano—dijo Skandar mirando la urna.

—Mocoso necio, te he dicho ya mil veces que no lo mataste.

—Aún con esas circunstancias, fue un asesinato.

—No, tú no estabas consciente—replicó el mayor con una enorme sonrisa—. Jaque mate.

La discusión había terminado, Markus había ganado de nuevo.

Entonces, el rubio paseó la mirada pro aquella habitación, era la de Jared, la misma que Skandar había usado durante el tiempo que su amado había estado dormido. El rubio se sintió incomodo, le recordaba a Jared y siempre que ese vampiro aparecía en sus pensamientos acarreaba muchos más relacionados con Bernard.

—Aquí fue donde te quedaste cuando Jared dormía—susurró el rubio contra el oído de Skandar.

—Es acogedor—contestó el menor en un susurro.

—¿Lo extrañas?—inquirió el mayor presionando su nariz contra el cuello del vampiro.

—Si…¿y tú? ¿Lo extrañas?

—Mucho—contestó el rubio ahogando un quejido en la boca del menor.

Los labios se encontraban con los contrarios acariciándose en un tacto que no era para nada extraño, la exquisita calidez que brindaban era el bálsamo ideal para sanar momentáneamente la tristeza que regía en su corazón. Era como si al presionar sus labios sobre los del otro el dolor fuera menor. Era la llave que cerraba la puerta a las lágrimas.

Al romper el contacto ninguno pronuncio palabra alguna, se limitaron a cerrar los ojos para fingir que dormían, para fingir que aquel beso no había sucedido tal como lo hicieran un par de días atrás.

Para el vampiro más joven ese tacto representaba un dolor de cabeza, es decir, se suponía que amaba a Jared y se besaba con Markus, aquello carecía de sentido. “¿Acaso me gusta Markus?” Se preguntó mientras encorvaba su cuerpo en posición fetal. No, la respuesta era simple y rápida, no le gustaba por más hermoso que fuera. Por otra parte, Markus se cuestionaba su forma de actuar, de nuevo lo había besado. Era cada vez más inadmisible que hiciera eso. Pero ambos llegaban a la misma conclusión, cuando se abrazaban, cuando se besaban, experimentaban una sensación por demás embriagadora. Olvidaban que sufrían.

—¿Está bien que nos besemos?—preguntó Skandar de pronto.

—N-no lo sé—respondió Markus abrumado por tan repentino cuestionamiento.

Skandar dejó de darle la espalda al vampiro, no entendía muy bien lo que pasaba pero de alguna manera no quería que dejara de suceder.

—Yo amo a Jared—dijo el menor acercándose al cuerpo del rubio—, pero cuando me besas deja de doler aquí—dijo el chico señalándose el pecho.

Markus no contestó, ni siquiera pensó en algo antes de levantar el rostro para cazar los labios de Skandar. De nuevo sentía ese sabor dulzón en su boca cada vez que oprimía el labio de Skandar entre los suyos, pero en esa ocasión su lengua quiso más que eso y se abrió paso entre los pliegues de carne llegando a la cavidad contraria, entonces gozó por completo de la dulzura de Skandar.

Se separaron luego de que el aire les hizo falta, querían más pero el contacto estaba roto y al existir en sus mejillas una prueba tan reacia de la timidez que les provocaba aquel contacto no pudo nacer uno nuevo, sin más el vampiro de mayor edad acercó al castaño contra su pecho para poder abrazarlo un poco.

—Gracias—susurró Skandar y en la mente del otro el agradecimiento fue correspondido.

***


El sol hacía rato que se había escondido, por eso eran necesarias las velas encendidas. La tranquilidad de  la casa de campo se había roto desde horas atrás, cuando Penélope le había mostrado a Skandar el cachorro que había dejado el pasado invierno dentro de la casa.

—¡Es hermoso!—Había dicho el vampiro.

Markus sólo había bufado, según él no le agradaban para nada los animales pero cuando el perro se quedó dormido en brazos de Skandar  el rubio había estirado una de sus manos para acariciar su cabeza. Por su parte, el castaño no entendía cómo había dejado tan lindo animalito solo, en realidad no lo estaba pues Penélope cuidaba de él pero a Skandar se le olvidaba ese detalle.

—¿Cómo tienen tanta energía?—preguntó el rubio luego de que Skandar jugara con el perrito durante más de tres horas.

En ese momento, Skandar corría con el perro detrás de él intentando seguirle el paso, pero el vampiro era bastante veloz y eso dificultaba el trabajo del animal. Entonces, el Skandar frenó su trote de pronto, enfrente de la chimenea, y dirigió una mano a su garganta, se le veía un poco pálido.

—¿Qué pasa?—preguntó Markus luego de que el perrito no dejara de ladrar— ¿Skandar?

Pero el menor no respondió, tan sólo se limitó a encoger un poco más su cuerpo mientras su mano seguía aferrada a su garganta. En seguida cayó al suelo. Markus se arrodilló a un lado del chico tan rápido como pudo y tras un movimiento sumamente rápido fue atrapado entre las manos de Skandar quien no tardó en clavar sus colmillos en el cuello del otro vampiro.

No podía creerlo, Skandar estaba bebiendo su sangre. Se sentía tan bien que su sangre fuera extraída con tanta necesidad, aquello le parecía erótico de una forma bastante bizarra. Era la primera vez que un vampiro le chupaba tanta sangre en una sola ocasión, podía sentir el hambre que Skandar tenía, podía sentir la desesperación con la que intentaba quitar esa sensación tan escabrosa. Entonces lo apartó, si bien la sensación era placentera también se había comenzado a sentir débil y no era bueno que le quitara tanta sangre.

—Si tenías hambre, sólo debiste pedirlo—susurró Markus contra la oreja de Skandar.

—L-lo siento—dijo apenado el chico—, es que no pude contenerme.

—¿Aún tienes sed?—cuestionó el rubio sentado en la alfombra frente a la chimenea.

—No.

—Bien, parece que voy a tener que dejarme morder muy seguido.

—¿A qué te refieres?

—Creo que tu sangre ideal es la sangre de vampiros, algo raro si me preguntas.

Skandar se sentía confundido, así que después de todo había matado a Jared no sólo porque estaba hambriento, sino que además poseía su sangre ideal.

—Oye, te estoy hablando—dijo Markus luego de darle un coscorrón al menor—. ¿Te gustó mi sangre?

—Es…deliciosa.

La sonrisa de superioridad que mostró Markus sólo era una pequeña muestra de lo que en realidad sentía, por algún motivo extraño sentía que el hecho de que su sangre le pareciera deliciosa a Skandar era algo único. “Vaya que soy patético”, pensó él.

Tan concentrado, o más bien, tan débil se encontraba Markus que no notó cuando Penélope entró en la habitación. Los largos cabellos castaños se mecían mimando la espalda de la joven, que caminaba con singular gracia a pensar de estar preocupada y es que desde la biblioteca había logrado captar el olor de la sangre de Markus vertiéndose desde la yugular.

—¿Estás bien?—preguntó la joven al vampiro rubio.

—S-si.—Markus no estaba tan bien y lo reflejaba en la debilidad de su voz.

—¿Y tú?—dijo Penélope refiriéndose a Skandar.

—S-si—respondió el chico.

—Ve a descansar un poco—habló la chica al castaño—, en un momento llevo a Markus arriba.


El menor hizo el amago de quedarse, no se sentía tranquilo dejando a Markus así, se le miraba tan débil pues ni siquiera había logrado incorporarse. Por la mente del castaño pasaron muchas cosas mientras subía los escalones que lo llevarían a la segunda planta, pensaba en el hecho de que su primera víctima había sido Jared, lo amaba y lo mató, su sangre había sido deliciosa y aquello lo repugnaba ¡¿cómo podía siquiera pensar eso?! Y la sangre de Markus había sido sin duda exquisita, la inmensa sed y hambre que tenía se habían reducido drásticamente con apenas un poco de su sangre, era como probar un majar luego de meses de comer porquerías.  La sangre de Jared sabía a fresas y la Markus a chocolate.

Mientras tanto, Penélope se había encargado del rubio, con un poco de sangre había estado bien pero por un motivo extraño la sangre de aquel travesti no había calmado su sed. ¿Acaso no era la sangre ideal de Markus esa que había estado momentos antes en un vaso de vidrio? Claro que lo era, pero no había sido suficiente para que repusiera su sangre.

—Creo que tendremos que ir por más—dijo la chica recibiendo el asentimiento de Markus.

Fueron al poblado que quedaba a unas cuantas millas de la casa de campo, era un pueblo pequeño pero había lo suficiente como para que se repusieran las fuerzas de Markus. Sin embargo, a medida que se acercaban el olfato del rubio captaba un aroma diferente, un olor que le hacía agua la boca. Justo en una casa que se hallaba al lado del río había una joven de escasos veinte años, tenía el cabello negro y sus ojos eran de un tono verde almendrado, era estudiante de Periodismo y una admiradora de Poe, sobre la mesa de su habitación descansaba el borrador de una de sus tareas. Penélope era conciente de que esa chica no tenía ni pizca de prostituta, podría asegurar que inclusive era virgen y a Markus se le antojaba su sangre. Era absurdo.

Bajo la iluminación de la Luna los cabellos de Markus tomaban un tono fácilmente divino, sus facciones tomaban un matiz mucho más encantador del que de por sí se proveían y sus orbes brillaban con más intensidad mientras degustaba el líquido rojizo proveniente de la arteria que había seleccionado. Era deliciosa.

Cuando hubo dejado a la chica sin gota de sangre en su sistema, el vampiro partió junto con la vampiresa.

—Sabes que tu debilidad no fue sólo porque Skandar tomó mucha sangre ¿verdad?—dijo la chica cuando llegaron a la casa.

—No sé a qué te refieres—contestó indiferente.

—Ya casi es hora—dijo la chica.

El rubio no hizo caso y siguió su camino, sus fuerzas estaban renovadas para ese momento y en un par de segundos ya estaba frente a la habitación de Skandar, o más bien, frente a la habitación de Jared.

—¡Markus!—dijo el chico con el cachorro entre sus manos.

—¿Estás bien?—preguntó el aludido sin más.

—Sí, pero tú ¿estás bien?—preguntó el chico con tristeza en su mirada—Yo no quería lastimado, yo…si tu no me hubieras quitado te hubiera matado como a Jared.

—Ay mocoso—musitó el rubio—. No pasa nada, tú tenías hambre y te gusta mi sangre o la de vampiros.—Acarició los cabellos castaños— Pero para la próxima me avisas ¿de acuerdo?

—Sí—contestó Skandar.

Markus no tenía ánimos de nada, ni siquiera de sonreír así que la mueca en su rostro no lograba la curva ideal de una sonrisa. Sobre la cama descansaba el cachorro, había estado ahí tirado desde que Skandar lo había dejado entrar, mordisqueando algo. Eran unos dijes en forma de corazón, ambos de cuarzo: uno negro y el otro blanco.

—¿De dónde sacó eso?—preguntó Markus señalando al perro.

—Estaban por ahí—contestó el castaño sin entender a qué venía aquella pregunta—, ¿por qué?

—Esos te los regalé en tu cumpleaños—dijo el rubio.

—¿En serio?—exclamó el otro con una sonrisa— Son muy lindos.

—Sí, y tu perro los está mordiendo.

—Jade deja ahí—dijo Skandar con voz de mando.

—¿Jade?

—Así le puse, ¿te gusta?

—Me recuerda a Jared…

—Sip, por eso se lo puse, tú dijiste que él me lo había regalado.

Markus sonrió levemente— Sí, bueno quítaselos.

Recordaba muy bien lo que la anciana a la que se los había comprado le dijo una vez, según ella ambos corazones representaban tanto al Ying como al Yang respectivamente, se suponía que debías conservar uno y darle el otro a la persona que te amara, si te correspondía se quedaría con ese collar por siempre, pero si no lo hacía el collar regresaría a tus manos. Luego, a mediados del siglo XIX, un cortador de joyas había hecho una especie de compartimiento en ambos collares, presuntamente para guardar la arena de Sahai –que hacía los matrimonios más duraderos y fértiles–. Sin embargo, para cuando Markus los adquirió ya no tenían ni un solo grano de arena y todo se resumía a simples especulaciones.

—Dámelos—dijo el rubio dirigiéndose a Skandar.

—¿Ah?—musitó el menor sin entender.

Ambos collares fueros extraídos de entre las manos del menor y llevados hasta el tocador donde descansaban un par de urnas; un poco de polvo grisáceo colmó el interior de los dijes.

—Así siempre estarás con nosotros.

Tras pronunciar esas palabras que cifraban más de lo que realmente salía a flote, el rubio colocó el collar de cuarzo blanco alrededor del cuello de Skandar; pues tras posarse detrás de él, Markus deslizó la fina cadena sobre la piel del menor acariciándola al paso. De esa forma, el mayor había conservado el del dije negro para él.

Quizás en ese momento no eran conscientes de ello, pero aquella escena no había sido sino otra forma más de aferrarse a sus amados que ya habían perecido; al parecer el deslindarse no era una actividad fácil para los humanos, y mucho menos para los vampiros.

—¿Y el resto?—preguntó Skandar refiriéndose a las cenizas que aún se resguardaban en su respectiva urna.

—No lo sé—respondió taciturno el mayor.

—Podemos tirarlas al lago.

***

La situación era bizarra, al menos para él lo era; se encontraba con las rodillas clavadas en la cama al igual que una de sus manos, mientras que la otra se mantenía aferrada al glúteo del contrario. El sudor cubría parte de su frente y su cabeza forzando a sus cabellos dorados a mantenerse pegados a la frente, pues su reciente actividad le obligaba a producir más fluidos corporales tales como la saliva que utilizaba para cubrir la hombría del chico que yacía debajo de él concentrando sus esfuerzos en la punta de ésta.

—P-para—suplicó el menor recortando la palabra a causa de la dificultad que tenía para respiración.

El otro atendió la orden, deseaba que su pequeño amigo disfrutara de las embriagantes sensaciones que proporcionaba una buena noche de sexo, pero también recordaba que era Skandar con quien estaba y algo dentro de sí le obligaba a atreverse a ser tierno durante tan apasionante actividad. Entonces acercó su rostro al del otro chico, aún con el sabor del sexo del menor en los labios, y depositó un ligero beso para luego dirigirse al cuello y seguir bajando.

Skandar apenas recordaba cómo había terminado ahí. Estaba a las afueras de la casa, la luna llena era cubierta por un par de nubes que dejaban ver un aro dorado alrededor del satélite, y además, daban la oportunidad de ver las formas sombreadas en la superficie lunar con mucha claridad. Una lágrima se había formado en uno de sus ojos, parecía un efecto extraño del vacío que comenzó a sentir cuando dispersó las cenizas de Jared sobre el cuerpo de agua; no obstante, aquella muestra de dolor no llegó a surcar el rostro del menor, sino que se albergó dentro de los labios de su amigo. Y aquella lágrima que murió en los labios de Markus no fue lo único que ocupó esa cavidad, pues después de unas finas palabras, todo va estar bien, un beso se hizo incontenible.

No fue uno, no fueron dos, ni siquiera tres, fueron muchos más los besos intercambiados y logrados, además de una escala sorprendente de intensidad. Primero dulce, temeros, delicado; luego intenso, apasionado, demandante e incontenible. La sensación de tenerse tan cerca era sorprendente, si bien antes unos cuantos besos habían logrado que olvidaran sus penas los besos más resientes quemaban en la piel haciendo que nuevas emociones despertaran. Pero estaba mal, pues ambos sólo eran amigos y las personas que amaban habían muerto hacía muy poco, pero cada beso, cada caricia que se colaba entre el tumulto de contactos hacían que se olvidaran de detalles tan importantes como aquellos. Quizás la cercanía entre ambos era lo único que les quedaba.

Y hasta ahí llegaron, a su habitación despojándose de su ropa, entregándose al placer de saborear la piel del otro, entregando su cuerpo más no su alma. No era la primera vez de ninguno, ya se habían entregado a sus amados, así que no fue difícil sabe que vendría después y el placer generado por la intromisión de uno dentro del otro tampoco era algo que no recordaran; aunque luego, en la soledad de su mente, ambos coincidirían en que no había sido tan delicioso como su primera vez, porque aunque dolorosa había sido la mejor. Había el más ferviente amor de por medio.

La respiración acompasada era un signo normal después de lo que acaban de hacer, sentir el cuerpo delgado de Skandar sobre su torso era algo nuevo para Markus, pero más allá de eso lo que lo consternaba era la paz y la tranquilidad que lo comenzaban a llenar. Los ojos se le hacía pesados, así que le era difícil mantenerlos abiertos haciendo que la luz tenue de la vela que yacía sobre el tocador bailara irregularmente entre las sobras, además la respiración de Skandar parecía una dulce canción de cuna que no hacía más que orillarlo al sueño. Pero los vampiros no duermen, de ahí su confusión.

Markus desconoció el momento en que sus parpados perdieron la batalla y se cerraron, ni siquiera sabía cómo había llegado a ese lugar; se trataba de una pradera que jamás había visitado o al menos no lo recordaba, era de día y el estaba completamente expuesto al sol, seguro moriría. El pasto era de un verde característico de la primavera, tan verde y tan lleno de jovialidad, había un grupo de flores por donde mirara que llenaban la escena con sus intensos colores y la suavidad de sus pétalos; era un panorama por demás hermoso. Al fondo se habían instalado unos árboles cuyas hojas brotaban para llenar cada rama de ellos, y mucho más atrás una montaña se erigía completando el panorama. El cielo de día era celeste, jamás había reparado en aquel detalle siempre que pensaba en el cielo veía oscuridad y estrellas, pero ahí no había estrellas, sino nubes blancas y un par de pájaros que sobrevolaban la pradera.

—Es…—No terminó su oración.

Una brisa cálida le había acariciado la nuca forzándolo a que volteara a su derecha. No supo si gritar, llorar o sonreír, pero su cuerpo reaccionó instalando una mueca de sorpresa en su rostro. Era un sueño. Frente a él se encontraba un hombre de unos dieciocho o veinte años, su cabellera negra se mantenía larga cómo cuando lo había conocido y seguía recogida  en una coleta, ni hablar de su sonrisa; cuando Bernard curvó sus labios en tan ansiada mueca Markus no pudo más que llorar, era inevitable que tantas lagrimas surgieran. Enseguida unos brazos lo rodearon haciendo que el rubio se acomodara en su pecho, ¡se sentía tan cálido! Por eso el menor se aferró con fuerza al cuerpo del otro; No obstante, no podía dejar de llorar, él era consciente de que Bernard había muerto y que nunca volvería a existir.

—No me gusta que llores—dijo el moreno.

—Lo sé—contestó el otro al tiempo que se separaba del cuerpo del mayor—, pero ¿qué sugieres? Que tenga una sonrisa porque te moriste, porque por mi estupidez jamás pudimos ser felices…

—Fuimos felices—interrumpió Bernard—, a nuestro modo, claro.

—¡No!—gritó el rubio con los ojos irritados por el llanto— Tú moriste y yo jamás te dije que te amaba…y nunca te di un beso…yo siempre lo arruiné—dijo intentando que sus palabras fueran entendidas.

—Mírame Markus—ordenó el mayor—. Te amo y quiero que seas feliz aunque yo ya no esté contigo.

—Eres un idiota—espetó el rubio— ¿Sabes lo que me pides?—dio un golpe al pecho de Bernard— Yo no sé si pueda…yo no quiero.

—No puedes dejar Skandar solo—dijo sujetando las manos del rubio— y quiero que seas feliz, así que deja de ser un necio por una vez y no vuelvas a hacer tonterías.

—Idiota—dijo Markus sonriendo ante lo dicho.

El vampiro rubio se acurrucó de nuevo sobre el pecho de Bernard y ciñó sus brazos alrededor de éste, no quería que aquello terminara. No quería.

—Te amo, bastardo idiota—susurró el menor con una sonrisa juguetona en los labios.

—Yo te amo diva berrinchuda—contestó Bernard antes de besarlo.

Nunca había disfrutado tanto de un beso, jamás había recibido un tacto tan amoroso como ese, ni siquiera los dulces labios de Skandar habían logrado que un beso se volviera un tesoro inolvidable como ese. Cuando se separaron sus miradas se cruzaron, era momento de la despedida, de olvidar y de dejar ir.

—Nuestro lazo jamás se romperá—dijo Markus a escasos centímetros del rostro del otro vampiro.

—Claro que no hermoso, siempre te voy amar y tú a mí. Me tengo que ir, el tren ya sale.

Markus asintió con una lagrima sobre la mejilla, caminó al lado de su amado aferrado a su brazo hasta llegar a la estación de trenes. Era una típica estación del siglo pasado, había mucha gente que se mantenía ocupada en sus pensamientos y sus deberes; un hombre se había golpeado la cabeza con la palma de mano pues su tren había pardido un minuto atrás; una mujer sostenía una vieja fotografía de ella con otro hombre; había uno más recargado en uno de los pilares que fumaba un cigarro. El tren de Bernard había llegado y su diva no quería dejarlo ir, el amarre que mantenía sobre el brazo del vampiro se había intesificado apenas entraron en la estación.

—Nunca olvides que te amo—dijo Markus cuando soltó su brazo.

—Nunca lo dude—respondió el moreno.

Ambos lloraban; para Markus significaba la primera vez que veía aquella muestra de sentimientos por parte del moreno, así que atesoró cada gota cristalina en su memoria. Las puertas del tren se abrieron esperando a que las personas lo abordaran, de entre la multitud descubrió una cabellera castaña y un porte elegante que se había acostumbrado a ver todos los días.

—Jared—dijo sorprendido el rubio.

—Por favor—susurró el vampiro—, cuida mucho a Skandar y dile que lo amo.—Su voz se quebró un poco—Por favor, que no me olvide.

—No lo hará—dijo Markus sonriendo a pesar de las lágrimas—, aunque no te recuerda mucho él nunca ha dudado que te ama.

—Nos tenemos que ir—interrumpió Bernard.

—Chicos—dijo el rubio llamando su atención—, gracias por ser mi familia todos estos años.

El humo de la caldera fue como una cortina que cerraba el telón. Ahí quedaba Markus en el suelo, llorando a viva voz sobre el suelo de la estación que de pronto se encontró sola, no había nadie que viera como el rubio se desgataba entre llantos y sonrisas.

Una mariposa se posó en su mano, misma que mantenía sobre una de sus rodillas, la miró por un momento y pensó en Skandar, una sonrisa se hizo inevitable.

—Markus—escuchó la voz del castaño a sus espaldas, así que se giró para encontrarlo y no había nadie—. Markus—volvió a escuchar que lo llamaba, pero en esa ocasión el tono parecía de preocupación—. Markus.—Y Skandar lloraba.

No supo cómo, ni cuando, pero había abierto los ojos y sin lograr ver con claridad supuso que la persona que lo veía no era nadie más que Skandar. Y en efecto, los ojos negros del vampiro se hallaban cristalizados por las lágrimas, su mano apretaba con fuerza la del rubio, quien sonrió al descubrirse aún desnudo en la cama que minutos antes les había servido para gozarse el uno del otro.

—Los vampiros no duermen—dijo Skandar en tono serio.

—Lo sé…

—Pero tú te dormiste—comentó el menor interrumpiendo al otro vampiro.

Y de golpe recordó el sueño, sabía que había sucedido más de lo que recordaba pues apenas recordaba pequeños trozos en su memoria, pero recordaba lo escencial o así decidió creerlo. Se incorporó frente al menor, de pronto sintió como si las fuerzas de siempre no fueran las mismas que en ese momento, se sentía cansado.

—Sí, me dormí y soñé algo—dijo el mayor acencandose a Skandar para besalr levemente los labios—. Soñé con Bernard y con Jared.

—¿De verdad?—preguntó el menor emocionado.

—Sí, ¿y sabes? Jared me dijo que te amaba y que nunca lo olvidaras.

—Siempre lo voy a amar…quisiera poder soñar como tú.

De nuevo parecía que sus ojos se cansaban y lo obligaban a dormir. Era demasiado pronto para soñar.

—Ve y llama a Penélope, mientras me pondré algo de ropa y ordenaré esto. Dile que es urgente.

El menor obedeció la orden dada aunque sus pasos eran lentos, Markus necesitaría tiempo, y por su mente intentaba formarse una pequeña hipótesis del por qué su amigo requería a Penélope con tanta insistencia y tan de repente. No le cuadraba aquello y quería  saber que era lo que sucedía. Cuando regresó a la habitación siguiendo a la vampiresa de cerca Markus le dijo que esperara afuera y que tratara de no escuchar la conversación.

—¿Y bien?—preguntó la joven al ver al rubio tendido en la cama.

—Es tiempo de que duerma—susurró el menor para que solo Penélope escuchara.

—¡¿Qué?! Pero si aún te quedaba un mes—dijo preocupada.

—Tampoco entiendo.

—Bien, prepararé todo. Habla con Skandar.

¿Por qué sucedía eso? ¿Acaso sus 5 años de sueño no podían esperar a que el día llegara como antes? Pero no, por algún motivo su sueño se adelantaría y tendría que dejar a Skandar durante cinco largos años. No quería.

—¿Entonces dormirás durante cinco años?—preguntó el castaño.

—Sí.

—No quiero…

—Skandar—musitó Markus entrecerrando sus ojos—. Cuando te conocí pensé que eras una molestia—dijo acomodándose en la cama que Penélope había acondicionado en el sótano, Skandar abrió mucho sus ojos al escucharlo—, te tenía envidia porque tenías la atención de Jared que yo jamás conseguí y también el cariño de Bernard.—Cada vez le era más difícil no cerrar los ojos— Pero luego te comencé a tomar cariño.—Ambos sonrieron—Y ahora eres lo único que tengo.—Su voz se quebró al final.

—Tú también eres lo único que tengo—dijo el menor.

—Por favor, no me dejes—pidió el mayor con los ojos apenas entreabiertos.

—Te lo prometo.—Markus cerró sus ojos, lo último que creyó ver fue la sonrisa del menor— Te quiero mucho—susurró el castaño y besó tiernamente los labios del rubio.

No quería aceptar que amar no es querer y que los lazos tienen a desvirtuarse con el tiempo; queel dolor y la aflicción hacen estragos en nuestro comportamiento y percepción. Que siendo jóvenes inexpertos que comenzaban a vivir la grande aventura que se supone todo ser debe vivir y que de pronto dicha experiencia se les arrebata como el niño que consigue por fin su juguete preferido y al que le han de robar dicho tesoro, era comprensible que la confusión los llevara a los terrenos de la perdición, o en este caso, a una vida donde no serían capaces de evitar romper los límites del amor y a amistad, donde los lazos rosas se han de convertir en rojos aunque los implicados fueran conscientes del verdadero color de los mismos. En ese momento, en el sótano de esa casa de campo, donde ya había sido enterrado el dolor, un joven esperaba a que su compañero de juego despertara, pues lo necesitaba para seguir con la partida de aquel juego que consistía en acompañarse para no estar solos. Y ese solo era el inicio del réquiem eterno a sus lazos rojos.